Y la cosa se torció.
Lo que prometía ser una transición “pacífica” se está convirtiendo en una contrarrevolución (si es que se le puede llamar así), ya que no es “contra”, sino que afianza a la anterior. Que los resquicios del decaído régimen siguen acampando a sus anchas en puestos relevantes de la política, la administración y otros lugares de importancia relativa en Túnez, es una realidad. Solo hay que ver al gobierno interino cuyo Primer Ministro es Mohammad Ganouchi, hombre del partido del depuesto Ben Alí. Y eso es algo que este afianzamiento revolucionario quiere evitar.
En el día de ayer, una manifestación masiva se concentró en la Qasbah de la capital, pidiendo la dimisión de Ganouchi y de toda la parte del gobierno cuyos miembros sean herederos del RCD. Además, como he leído esta tarde a un compañero que está en Túnez: “La reivindicación es la creación de una constituyente, la legitimación de un Consejo de Defensa de la Revolución formado por la sociedad civil como órgano consultivo y la creación de un régimen parlamentario.” Por otro lado “el gobierno ha anunciado elecciones para el 12 de julio como plazo máximo pero sin decir de qué tipo, si serán parlamentarias, presidenciales o para la creación de una constituyente.” Es decir, nada concreto. Así, lo que comenzó siendo una manifestación “pacífica”, terminó transformando el día en algo tenso, donde se oyeron nuevamente los disparos, esta vez al aire, para dispersar a los manifestantes que intentaban tomar el Ministerio del Interior. El Ministerio de turismo fue incendiado y el centro de la capital volvió a sumirse en el caos.
En el día de hoy, sábado, la situación se ha complicado aún más. Además de los manifestantes que piden la dimisión del bloque benaliniano, se ha sumado un choque con otro grupo de jóvenes pro-Ben Alí. Las fuerzas de seguridad y el ejército han vuelto a emplearse para controlar una situación que, por momentos, parece que se les va de las manos, porque ya se han contabilizado las primeras víctimas: tres, según los diarios digitales.
Lo peor de estos sucesos es lo que en las redes sociales se comenta: la situación está siendo aprovechada, no por los manifestantes, sino por otro tipo de vándalos que no dejan de destrozar y robar en los comercios del centro e, incluso, atemorizando a los ciudadanos al intentar entrar en los portales de sus edificios.
¿Quiénes son estos vándalos? No soy yo quien dar respuesta precipitada a esta pregunta pero: ¿no es casualidad que aparezcan justo el día que aparecen los pro-Ben Alí? En estos momentos, el helicóptero sigue sobrevolando los cielos, pero ya no se escuchan los disparos. Con estos sucesos me surgen algunas cuestiones: ¿qué pasará si fracasa esta primera revolución en contra de un régimen? Porque no hay que olvidar que el pueblo tunecino ganó una batalla, pero no la guerra; ¿podría enquistarse la situación? Si así ocurriera, sería caldo de cultivo para grupos que sumirían al país en un completo caos; Túnez se ha constituido como el emblema, el símbolo, del resto de las revoluciones, ¿qué pasaría si fracasase en su búsqueda de la transparente democracia?
Las transiciones nunca son un campo de flores: sensaciones impacientes, frustraciones pasadas, anclajes al pasado,… son solo algunas de las sensaciones que se dan en estos casos. Pedir paciencia a unos, calma a otros, y renovación a los terceros es mucho pedir. Pero hay que aceptar un mismo punto de partida: el torbellino del cambio. Pero ¿qué actores son los indicados para llevar a cabo este cambio? Está claro que los tunecinos no confían en los actores seleccionados para el mismo, pues, si retrotraemos su elección, el director de la película, Ganouchi, no es sino una persona puesta de ¿rebote? por la Constitución del depuesto dictador lo que no da motivos para la confianza. Sin embargo, está claro que una transición política es algo complicado y, se quiera o no, en un país donde la política interna y externa ha sido llevada durante décadas por un único partido es, quizá, imprescindible, que en el cambio de papeles deban estar viejos titiriteros, los menos malos por supuesto. Porque de la euforia al caos, hay un ligero tabique que se puede derrumbar cuando la impaciencia gana a la cordura.
Vuelvo a repetir que soy escéptico con la situación. Aunque la tranquilidad que muchas veces se respira en la ciudad, mientras en la lejanía se escucha el clamor de la batalla, puede ser un indicio esperanzador, las muertes de hoy pueden pesar en contra de un ejército que se había granjeado las simpatías del pueblo, a pesar de trabajar “codo con codo” con una policía que no siempre se la mira con buenos ojos.
Antonio Constán Nava
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